jueves, 19 de febrero de 2009

Sección REFLEXIONES: Un poco amargo


Un recurso bastante transitado en literatura, o periodismo, o cualquier tipo de texto escrito, es el que usa un escritor que desea desarrollar una idea de la cual no está muy seguro. Consiste en general, en usar una cita de algún autor muy reconocido y famoso y respetado, para preceder su texto.

Así, sin mencionarlo explícitamente, induce en el lector la asociación entre la autoridad del famoso y la del autor del texto.

Bueno, mi intención al mencionar el origen de mi reflexión es simplemente informativo. Si bien admiro al personaje (y a su/s autor/es) no pretendo verme asociada con él.

En un episodio del Dr. House, hablaba con su jefa sobre las motivaciones de ella, una mujer en los 40 años, para desear fervorosamente un hijo, ya fuera por medio de fertilización asistida, o por adopción. El trataba de convencerla de desistir y esgrimía argumento tras argumento, con su consabida mordacidad y persistencia. En un momento, dijo algo como que al tener ( o adoptar, no me acuerdo) un hijo, uno no busca "el amor incondicional" sino "la dependencia incondicional".

Y en ese instante, yo sentí cómo se descorría un velo en mí. Supongo que es lo que en psicología llaman un "insight". Un velo que se corría para dejar al descubierto algo que yo venía tapando empeñosamente a lo largo de mi vida.

Y comprendí que era así: el amor incondicional corre sólo por cuenta del que adopta, y que, si bien lo hace con todo desprendimiento, en el fondo, está cubriendo una necesidad propia. La de tener a su lado alguien que lo necesite.

Hay mucha gente que sólo es feliz, o por lo menos siente que vale la pena su vida, cuando se siente necesitada, y cuando puede dar, amor sobre todo.

Y esa necesidad la cubre buscando a quién proteger, a quién cuidar, a quién dar afecto, tiempo, esfuerzo, y todo lo que el otro requiera. Eso la hace sentir completa.

Pero, por lo común, los lazos creados de ese modo, no son simétricos. El que recibe, en general, no se siente igual respecto del que da. Es más, lo vive como que es algo natural, que cada uno hace lo que le corresponde como rol. Tu función es dar, la mía es recibir. No pretendas que yo me mate por darte a vos.

Si el que da, ilusamente, cree merecer como retribución un sentimiento equivalente al suyo, más pronto o más tarde, toma conciencia de que está equivocado.

Esto, por supuesto, al principio, genera frustración y amargura.

Pero uno no puede resignarse tan fácilmente a reconocer que tiró al vacío millones de horas, de besos, de esperas, de noches sin dormir, de privaciones, de preocupación, de comidas hechas a pesar del cansancio, de consejos, de escuchar y contener, de perdonar, de estimular, de ayudar...

Entonces, se dice que no importa, que le basta con el amor que ella da.

Pero, pasa el tiempo, y ante algún detonante, no le queda más remedio que reconocer que no basta. Y que uno ha sido estafado, aún cuando fuera inconscientemente.

En varias oportunidades tuve oportunidad de hablar con padres adoptivos, en ejercicio, o en proyecto. A ninguno le dije lo que acabo de decir. Ojalá lo hubiera hecho. Porque si bien no todos somos iguales, las personas que se meten en estas situaciones son parecidas en este aspecto: el de que necesitan dar.

Desearía, también, que, si alguien lee esto, y está en esta situación, entre en ella sabiendo que lo que puede esperar.

No hablo sólo por mi experiencia , sino por la de muchas personas que he conocido.

Y ya que estamos: sería conveniente, por las dudas, que tampoco espere amor incondicional por parte de todos los hijos biológicos. Digo "parte", porque hay algunos que sí son capaces de ello.

En realidad, creo que la fuente de todas las frustraciones y sufrimientos que nos llegan a través de las relaciones con los otros está en la erróneas expectativas que ponemos en los demás.

Tal vez, si fuéramos más honestos en reconocer nuestras motivaciones y menos ilusos en cuanto a lo que los demás deben sentir por nosotros, seríamos más felices. Nos conformaríamos con lo que recibimos, nos exigiríamos menos para dar, nos ocuparíamos más de nuestro bienestar, y todos seríamos más libres.