domingo 23 de diciembre de 2007

Sección EMPRENDEDORES: Isolina y los concursos

Cuando Isolina quedó viuda, tan joven, pobre, se acostumbró a paliar sus soledades nocturnas escribiendo cartas para enviar a los concursos de la TV y demás medios.

Pero cuando, calculadora mediante, descubrió que en pocos meses ya llevaba gastados 3.480$ en sobres, estampillas y lapiceras, se quiso morir. Sobre todo ante la indiscutible evidencia de que, a pesar de tanta inversión, no había ganado ni el auto de Susana, ni el departamente de los fideos Pastichoti, ni el ciclomotor de Crónica, ni los Números de la Familia, ni el TV Bingo, ni nada.Entonces decidió que era hora de empezar a sacar algún rédito de los concursos. Empezó por el barrio. A los quince días tenía cinco clientes. Al mes, diez. Porque, como se sabe, hay mucha gente que desea participar en los concursos pero no tiene tiempo o ganas de escribir y mandar cartas.Entonces ella, por una pequeña cantidad fija por cada una, mandaba a nombre del cliente la cantidad de cartas que él quería.
Empezó escribiendo hojas a mano y fotocopiándolas, para luego pegarlas como sobres, que despachaba por correo.Cuando, a poco andar, el negocio creció, se compró su fotocopiadora y consiguió descuento por envíos grandes en un Correo Privado.Más adelante, se compró su propia camioneta postal, y quince fotocopiadoras más, además de toda la producción de una fábrica de papel .La módica empresa original devino en una sociedad anónima, que excedió primero la ciudad, luego la provincia, y después se extendió a todo el país.Pero un día, el asesor de marketing comentó preocupado con el gerente de comercialización que el ritmo de crecimiento estaba decreciendo. Y que sería necesario intensificar la promoción. Razón por la cual, el gerente lanzó con bombos y matracas, un concurso cuyo premio era un viaje a las Bermudas con estadía por diez días, con desayuno, para dos personas, y un velero de 30.000U$S.Por supuesto, todo el país quiso participar. Así que el trabajo de la Empresa aumentó considerablemente, cosa que puso exultante al gerente de comercialización, el cual, por supuesto, también pidió aumento de sueldo, un despacho más grande con vista al río, y alfombra de pared a pared.
Pero Isolina no era feliz. La prosperidad estaba bien, pero ya no vivía la emoción que los concursos de antaño le producían.Se iba marchitando en el lujoso palacete post-moderno, mientras, de su dueña seguro olvidados , se cubrían de tierra y telarañas, en un espacioso garage post-moderno, dos motos japonesas y un auto alemán, todos 0 KM.También la piscina estaba desierta, y la cancha de tenis, y el salón de baile para 500 personas.
Hasta que llegó de visita un día su nietito, comiendo un chocolatín. Tenía el envoltorio en su mano gordita, y se lo ofrendó a Isolina. Ella leyó que en él decía :"Si me enviás a esta dirección con tus datos, podrás participar en el sorteo de una fabulosa pelota de plástico".
Entonces Isolina sonrió, por primera vez en largos meses, y le dijo al niño :"Venga, mi amor. Vamos a buscar un sobre".


Este es un cuento de Silvia Ele, y la imagen es de Art Renewal Center